Fue propicio,
había sufrido mucho.
La llamada era como ácido de lástima propia,
el fallo era mi mentor maldito.
Escuchar mi lamento se interpuso entre todos los lamentos,
y uno fui quien sufría y reía de inocencia.
El lamento lo fue y quiso serlo,
y fue atesorado.
Fue la verdad sin la mentira,
y ella toda verdadera.
Escuché hasta donde mi alma era sorda,
fui el lamento al escucharlo.
Ella es mi consuelo,
pero mi lamento en tesoro.
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