Decir algo no cuesta realmente nada, físicamente hablando. Mentalmente tampoco, porque sólo es necesario tener las facultades necesarias para hacerlo. Espiritualmente, menos que debería representar una limitación: emitir un criterio libera al alma. No obstante, cuando se tiene a una persona al frente y se le dice algo las consecuencias de ello pueden ser infinitamente variadas, incluso fatales sin dejar de lado que simplemente podría no pasar nada.
Si digo mi versión contra la de alguien más y esa persona responde, hay varias opciones: yo gano, el otro gana o hay mutuo acuerdo, hasta placer o sencillamente a cada quien le resbaló lo que uno dijo y el que el otro no escuchara. El que pierde puede sentirse mal y seguro deseará olvidar el hecho; el que gana lo recordará. Sin embargo, ninguno de los dos debería darle tanta importancia al hecho. Si el que perdió lo hace se encerrará en una idea fija que podría desencadenar su alejamiento de los demás. El que ganó, por su lado, podría regodearse tanto en su triunfo que lo convertiría en una derrota por sobreestimar un triunfo que no debería haberle dado tanto regocijo.
En el mutuo acuerdo pasa lo mismo pero en compañía del otro. Finalmente, cuando ninguno le puso atención al otro, la verdad es que la conversación no era importante.
Si digo mi versión contra los demás, ¿qué podría pasar? Que yo gane y que me quede con ellos, lo cual me podría convertir en su líder, incluso, o en figura de respeto; que pase lo mismo pero, en lugar de yo quedarme, que me vaya y los demás me consideren un anti-líder. ¿Mutuo acuerdo? Pues ello sí complica las cosas y exalta dos palabras que podrían hasta ser antónimos: tolerancia y comprensión.
Con tolerancia me podría quedar con ellos y ellos conmigo porque mis fallas las aguantarían y sus fallas yo las aguantaría. El problema es que aguantar puede ser inaguantable, incluso cuando el sólo hecho de aguantar permite que se consiga el triunfo esperado. Si se aguanta hasta el final, se podría pagar un precio exagerado por el premio final. Esto a grandes rasgos.
Me falta citar comprensión, a lo cual sólo diré que es mejor que aguantar. Al comprender las personas ponen su mente a actuar, a hurgar en su alma y a levantarse para querer comprender más y más. No confundir esto con saber, porque saber es poder y todo poder, en exceso, es peligroso, podría decirse hasta dañino. En cambio comprender jamás está en suficiente cantidad. Comprender es la clave para poder mantenerse en grupo o irse de él, y sentirse en paz consigo mismo.
Para comprender es vital querer comprender. Si en una discusión uno contra uno los dos quieren comprender, esa discusión vale la pena. Si en una de una persona contra un grupo ambas partes quieren comprender, ni el que está sólo se sentirá sólo, ni los que están acompañados subestimarán al que tienen al frente.
En fin, antes de mencionar lo de tolerancia y comprensión olvidé citar lo que pasa cuando el que discute contra un grupo pierde. Dos posibilidades: ellos se quedan con él o lo echan. Si se quedan con él habrán ganado una batalla fácil. ¿Por qué? Simple: el que estaba sólo no tenía los argumentos de sobra para vencer al grupo, y el grupo se tenía a sí mismo, es decir, sus miembros. Si lo echan habrán dejado ir su posibilidad de refrescar su superioridad aparente a cada momento que vean a ese miembro rebelde y tendrían que contentarse con su recuerdo, en otras palabras, anécdotas burlonas.
Pues bien,ante esto, ¿quien merece ganar, el que está sólo o los demás que están contra él? La respuesta es que nadie. No se puede adelantar criterios por el simple hecho de que sea una sola persona contra un grupo. No se debe exacerbar la fuerza de un grupo por el sólo hecho de que son más, y no es justo disminuir la del que está solo por el hecho de estar solo. Es una persona contra un grupo. No deja de ser un criterio contra otro.
Pablofago
"Este post no es nada sin los demás."
Si digo mi versión contra la de alguien más y esa persona responde, hay varias opciones: yo gano, el otro gana o hay mutuo acuerdo, hasta placer o sencillamente a cada quien le resbaló lo que uno dijo y el que el otro no escuchara. El que pierde puede sentirse mal y seguro deseará olvidar el hecho; el que gana lo recordará. Sin embargo, ninguno de los dos debería darle tanta importancia al hecho. Si el que perdió lo hace se encerrará en una idea fija que podría desencadenar su alejamiento de los demás. El que ganó, por su lado, podría regodearse tanto en su triunfo que lo convertiría en una derrota por sobreestimar un triunfo que no debería haberle dado tanto regocijo.
En el mutuo acuerdo pasa lo mismo pero en compañía del otro. Finalmente, cuando ninguno le puso atención al otro, la verdad es que la conversación no era importante.
Si digo mi versión contra los demás, ¿qué podría pasar? Que yo gane y que me quede con ellos, lo cual me podría convertir en su líder, incluso, o en figura de respeto; que pase lo mismo pero, en lugar de yo quedarme, que me vaya y los demás me consideren un anti-líder. ¿Mutuo acuerdo? Pues ello sí complica las cosas y exalta dos palabras que podrían hasta ser antónimos: tolerancia y comprensión.
Con tolerancia me podría quedar con ellos y ellos conmigo porque mis fallas las aguantarían y sus fallas yo las aguantaría. El problema es que aguantar puede ser inaguantable, incluso cuando el sólo hecho de aguantar permite que se consiga el triunfo esperado. Si se aguanta hasta el final, se podría pagar un precio exagerado por el premio final. Esto a grandes rasgos.
Me falta citar comprensión, a lo cual sólo diré que es mejor que aguantar. Al comprender las personas ponen su mente a actuar, a hurgar en su alma y a levantarse para querer comprender más y más. No confundir esto con saber, porque saber es poder y todo poder, en exceso, es peligroso, podría decirse hasta dañino. En cambio comprender jamás está en suficiente cantidad. Comprender es la clave para poder mantenerse en grupo o irse de él, y sentirse en paz consigo mismo.
Para comprender es vital querer comprender. Si en una discusión uno contra uno los dos quieren comprender, esa discusión vale la pena. Si en una de una persona contra un grupo ambas partes quieren comprender, ni el que está sólo se sentirá sólo, ni los que están acompañados subestimarán al que tienen al frente.
En fin, antes de mencionar lo de tolerancia y comprensión olvidé citar lo que pasa cuando el que discute contra un grupo pierde. Dos posibilidades: ellos se quedan con él o lo echan. Si se quedan con él habrán ganado una batalla fácil. ¿Por qué? Simple: el que estaba sólo no tenía los argumentos de sobra para vencer al grupo, y el grupo se tenía a sí mismo, es decir, sus miembros. Si lo echan habrán dejado ir su posibilidad de refrescar su superioridad aparente a cada momento que vean a ese miembro rebelde y tendrían que contentarse con su recuerdo, en otras palabras, anécdotas burlonas.
Pues bien,ante esto, ¿quien merece ganar, el que está sólo o los demás que están contra él? La respuesta es que nadie. No se puede adelantar criterios por el simple hecho de que sea una sola persona contra un grupo. No se debe exacerbar la fuerza de un grupo por el sólo hecho de que son más, y no es justo disminuir la del que está solo por el hecho de estar solo. Es una persona contra un grupo. No deja de ser un criterio contra otro.
Pablofago
"Este post no es nada sin los demás."
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